martes, 28 de agosto de 2007

1989 - Casal: El tecnokitsh de Tino Casal

Salvando las distancias a que nos obliga la lejanía de los muertos, si Sarah Bernhardt se levantara de la tumba, recostaría encantada sus dramáticos huesos en cualquier esquina del salón de Tino Casal, y se sentiría en su casa.

En la estancia del que quisiera hacer artístico cada gesto hay mascaras africanas encima del piano "Yamaha"; paredes de color bermellón manchadas de negro, entreveradas de un verde y azul enloquecidos. Sobre ellas y en el suelo, adornando el canapé, tapices y alfombras. Veo la piel de un dudoso leopardo junto a infantiles almohadones de algodón con fisonomía a lagarto, nada caros, mientras duermen, en una mesa de cristal atiborrada, serpientes de madera. Un cierto pachuli postmoderno flota sobre manos policromadas, huevos de colores y abanicos, y todo lo empasta. Cuando desde el fondo de la habitación, te mira el esqueleto amortajado en purpurina. Tino Casal oficia su ceremonia y guiña al fotógrafo sus brillantes ojos dibujados. Se huele el humillo de cera quemada en el candelabro y posa el músico complaciente. Complacido en su meditado escenario, cuenta que en septiembre saldrá su próximo disco. "Con él cierro el ciclo de mis primeros cinco años con la compañía discográfica EMI, que acaba de renovarme el contrato."

El álbum, dice, “va a escandalizar”, que es lo que me gusta (¿Para qué eliminar pretensiones? “Sería engañar a la gente”.) “Las letras de mis canciones tienen, como todo lo que hago, una doble lectura. Utilizo refranes, las cosas que dice la gente; cojo lugares comunes y los cambio de sitio.” Y la cosa es que consigue en esta movida particular que el público le siga

Sabe que para hacer «kitsch» no hay más que mezclar bien objetos horrendos. “Todo lo mío encierra enormes dosis de mal gusto. Recojo elementos como un coleccionista, los mezclo en mi coctelera fantástica y el batido final lleva mi sello barroco. Puede ser una canción o un decorado para un concierto 'heavy", una fotografía coloreada o un diseño de vestuario.” El resultado depende de cómo se coloquen las frutas en la cornucopia de la abundancia.

Nació en Oviedo y vino hace diez años a Madrid “para comer del mundo. Aquí en la capital, uno saca lo mejor de sí mismo. No hace falta terminar una cosa para saber de antemano que andaba la idea por buen camino. Eso es lo que pasa en Madrid, que estás en el cogollo. Y, como parece que todo podrías adivinarlo, te vuelves vago. Luego, cuando salgo con algo nuevo (pasearme y lo hago poco, que cada vez hay más competencia en la calle) resulta que sigo sorprendiendo a la gente. Por eso necesito ir a Londres de vez en cuando, para comprobar que no estoy loco, que mis pies sí tocan el suelo. Soy real y lo que llevo en las venas es sangre (dejo la química para ese Frankestein que se llevó a mi chavala). No tengo obstruido el prisma: para meter dinero en el banco hay que ponerse las pilas de realista, y yo las uso alcalinas.” Y hay que salir decidido a pasear el cogote, que ya se ha cortado Casal su larga y trenzada melena.

Patricia Ballestero - Epoca